viernes, 12 de noviembre de 2010

Un líder muy respetable

Fuente: La Tribuna.


No sé si mucha gente oyó hablar en Honduras de Marcelino Camacho, un auténtico líder sindical, de una enorme honorabilidad, que cuando muere el pasado 29 de octubre, toda España se conmueve, dejando de lado cualquier discrepancia y solamente se piensa en su altura moral indiscutible.
Camacho fue un personaje de cuerpo entero, que no claudicó ni ante los suyos, porque prefirió dejar su escaño en el Congreso de los Diputados, al que había llegado con el voto de su partido, el Comunista en las elecciones constituyentes, y a su lado encontró algunos de sus viejos camaradas como Dolores Ibárruri, la famosa Pasionaria y Rafael Alberti, poeta de enorme renombre, antes que traicionar sus principios. Pero una decisión que se tomó con anuencia del PCE le pareció mal y renunció.
Nadie se sorprendió cuando a su velatorio llegaran el príncipe de Asturias, Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero, dirigentes del Partido Popular y casi todos los ministros y los más destacados políticos que abrazaron a Josefina, su mujer, con quien convivió durante largos años y fue siempre su fiel compañera, tanto en sus días en la prisión como en los períodos de libertad.
En un mundo cuando gran parte de los líderes, tanto empresariales como sindicales no siempre tienen una trayectoria limpia, de Camacho se podría haber dicho que no se estaba de acuerdo con muchos sus planteamientos, en el caso de sus adversarios, pero nadie podía lanzar una piedra por su conducta ejemplar.
Conoció el exilio, y una casi permanente persecución, sobre todo después de la Guerra Civil Española, y no fue de los que se valieron del exilio para vivir alejados de los problemas, porque cuando le fue permitido regresar a España, sigue con sus luchas y  siempre dio la cara.
En mi época de estudiante universitario, cuando nada se podía publicar en contra del  régimen, logré tener una buena amistad con un periodista argentino que trabajaba para una agencia de prensa internacional, quien me ponía al tanto de lo que no se diría en los periódicos ni mucho menos en las radios y fue así como oí hablar de Marcelino Camacho. Se sabía que estaba en la cárcel de Carabanchel, un barrio madrileño donde vivían personas de bajos recursos, aunque ahora ha subido de categoría y el penal ya fue destruido, porque representaba un recuerdo ominoso de una época bastante superada en España, aunque todavía hay muchos temas que siguen latentes.

Este caballero, fue el fundador de Comisiones Obreras, uno de los dos grandes sindicatos españoles, el otro es la UGT, Unión General de Trabajadores, que siempre estuvieron dando la batalla cuando hablar de sindicalismo era prohibido y tan sólo se podía referir al llamado Sindicato Vertical, donde participaban a la vez empresarios y trabajadores, lo que realmente era un contrasentido, pero que con la habilidad de Camacho, siempre había trabajadores, vamos a llamarles “infiltrados”, que presentaban una resistencia, dentro de lo que se podía.
Esa trayectoria de Camacho es realmente respetable ya que nunca sucumbió ante las tentaciones que siempre se tienen en esas posiciones. Vivió con una modestia que impresiona, porque jamás se lucró de sus cargos y conservó una pequeña vivienda al lado de una línea de ferrocarril que es todo un símbolo. Su padre fue empleado ferrocarrilero, era lo que allá se denomina un “guardagujas”, cargo importante, pero de poca monta, creo que en estos tiempos ya nadie ejerce ese oficio, debido a la tecnología.
El hecho que a su muerte haya coincidido tanta gente de diferentes posiciones políticas, nos da una idea de lo que fue en su vida. Sobre todo, me recuerda a Nelson Mandela, que supo perdonar y con ello dar un gran ejemplo. Camacho jamás fue un hombre de odios y eso lo ha hecho pasar a la historia. Al salir de la prisión hizo célebre una frase: “Ni nos domaron, ni nos doblegaron, ni nos van a domesticar”. Ciertamente, así resumió su vida y su obra. Ese fue el padre del moderno sindicalismo, con ideas propias y coherentes, alguien con quien se podía discrepar, pero nunca dejar de respetar.
Cuando veo estos hechos, no puedo dejar de preguntarme si entre nosotros habrá algún Camacho, con todas sus virtudes, o cuando menos con algunas de ellas. Ciertamente lo pongo en duda, salvo prueba en contrario.
Por Ricardo-Alonso Flores